El ébola avanza en África con más de 1.400 contagios y una respuesta internacional debilitada

La República Democrática del Congo y Uganda enfrentan uno de los mayores brotes de ébola registrados hasta la fecha. A comienzos de julio de 2026, la epidemia ya superó los 1.400 casos confirmados y provocó más de 400 muertes, en un escenario que genera preocupación entre las autoridades sanitarias debido a la rápida propagación del virus y a la limitada respuesta internacional. La revista TIME señala que se trata del segundo brote más grande de la historia y advierte que la situación se agrava por la circulación de la cepa Bundibugyo, para la cual aún no existen vacunas ni tratamientos aprobados.

La expansión del virus preocupa no solo por la cantidad de contagios, sino también por las características de la variante responsable del brote. A diferencia de la cepa Zaire, que cuenta con vacunas y terapias desarrolladas tras la epidemia de África occidental en 2014, la cepa Bundibugyo todavía carece de herramientas específicas para prevenir o tratar la enfermedad. A esto se suman las dificultades propias de una región con sistemas de salud frágiles, vigilancia epidemiológica limitada, desinformación, movilidad constante entre fronteras y una menor coordinación internacional para enfrentar la emergencia.

El primer caso identificado oficialmente fue el de una enfermera que ingresó el 24 de abril a un hospital de la ciudad de Bunia con fiebre, vómitos y hemorragias. Sin embargo, los laboratorios locales no contaban con el equipamiento necesario para confirmar el diagnóstico, por lo que la muestra debió ser enviada a Kinshasa. Ese proceso demoró varios días y permitió que el virus continuara circulando sin ser detectado. Durante ese tiempo, la paciente y otras personas infectadas permanecieron en contacto con la comunidad e incluso algunas cruzaron hacia Uganda, lo que favoreció la propagación del brote. Especialistas citados por TIME consideran que el virus pudo haber estado circulando durante semanas o incluso meses antes de ser identificado.

Ante el incremento sostenido de los contagios, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el brote en mayo y, pocos días después, lo calificó como una emergencia de salud pública de importancia internacional. La velocidad con la que aumentaron los casos sorprendió incluso a expertos con amplia experiencia en este tipo de crisis. El director adjunto de operaciones de Médicos Sin Fronteras, Alan Gonzalez, afirmó que nunca habían observado una epidemia de ébola creciendo a ese ritmo. En la misma línea, el exdirector de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) de Estados Unidos, Tom Frieden, consideró que la situación representa una muestra de las dificultades que enfrenta actualmente la comunidad internacional para responder de manera eficaz ante este tipo de emergencias.

La respuesta sanitaria también enfrenta importantes obstáculos a nivel local. En la ciudad minera de Mongbwalu, en la provincia de Ituri, los primeros síntomas de la enfermedad fueron confundidos con malaria, tuberculosis u otras afecciones frecuentes en la región, retrasando aún más la detección de los casos. Además, la persistencia de creencias populares y la circulación de información falsa complicaron el trabajo de los equipos médicos.

La directora de emergencias para África de la OMS, Marie Roseline Belizaire, relató que muchas personas atribuyeron las muertes ocurridas tras el traslado del cuerpo de una mujer fallecida por ébola a supuestos hechos de brujería, en lugar de reconocer la existencia del virus. Según explicó, varios habitantes aseguraban que el ataúd había “volado” y que quienes participaron en su manipulación murieron por una maldición, reflejando el nivel de desinformación presente en algunas comunidades.

Las costumbres funerarias también representan un desafío para contener el brote. El virus del ébola se transmite mediante el contacto directo con fluidos corporales, y los cuerpos de las personas fallecidas mantienen una elevada carga viral. Sin embargo, en numerosas localidades del este del Congo es habitual que familiares y allegados manipulen el cadáver durante los rituales de despedida. Las recomendaciones sanitarias para evitar ese contacto generaron resistencia en parte de la población y, en algunos casos, derivaron en ataques contra trabajadores de la salud e incluso en incendios de centros médicos.

La situación se agravó por la pérdida de estructuras comunitarias que habían demostrado ser efectivas durante brotes anteriores. Organizaciones como Mercy Corps habían formado líderes locales y sobrevivientes de ébola para colaborar en tareas de concientización y prevención. Sin embargo, la inestabilidad política y la reducción del financiamiento internacional provocaron el desmantelamiento de esas redes, obligando a reconstruir desde cero los mecanismos de respuesta.

Otro factor que dificulta el control de la epidemia es la confusión respecto de la propia enfermedad. La OMS explicó que las vacunas utilizadas durante brotes anteriores protegen únicamente contra la cepa Zaire, mientras que la variante Bundibugyo pertenece a un linaje diferente. Por ese motivo, muchas personas vacunadas en el pasado continúan siendo vulnerables frente al virus que circula actualmente.

A nivel internacional, diversos especialistas advierten que la capacidad de respuesta también se debilitó como consecuencia de los recortes presupuestarios y de cambios en la política sanitaria global. La salida de Estados Unidos de la OMS, la reducción de programas de vigilancia epidemiológica y la disminución de personal especializado afectaron la detección temprana y el monitoreo de enfermedades emergentes. Varios programas de seguimiento en el este del Congo fueron suspendidos, limitando la posibilidad de identificar rápidamente nuevos focos de contagio.

Si bien Estados Unidos mantiene aportes económicos para enfrentar la emergencia y destinó alrededor de 270 millones de dólares al combate del brote, la inversión resulta considerablemente menor que la realizada durante la epidemia de África occidental de 2014, cuando la respuesta inmediata movilizó cerca de 2.000 millones de dólares. Expertos sostienen que, además de la reducción de recursos, la principal pérdida fue la disminución de la cooperación técnica con los CDC, considerados durante años uno de los pilares de la respuesta internacional frente al ébola.

Mientras tanto, la comunidad científica acelera el desarrollo de nuevas herramientas para combatir la cepa Bundibugyo. Estados Unidos ya entregó dosis de un tratamiento experimental con anticuerpos que comenzaron a administrarse a los primeros pacientes. Paralelamente, investigadores de la Universidad de Oxford, en colaboración con el Instituto Serum de India, avanzan en el desarrollo de una vacuna específica, respaldada por una inversión cercana a los 62 millones de dólares realizada por la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias (CEPI). La empresa Moderna también desarrolla una vacuna basada en tecnología de ARN mensajero, mientras que otras candidatas continúan en etapas preliminares de investigación.

Los especialistas coinciden en que la experiencia actual demuestra la necesidad de mantener una preparación permanente frente a enfermedades emergentes. Fortalecer los sistemas sanitarios, sostener la vigilancia epidemiológica, invertir en investigación y garantizar una financiación estable resultan medidas fundamentales para responder con rapidez ante futuras epidemias. Aunque existen avances científicos importantes, los expertos advierten que esas herramientas pierden eficacia cuando la infraestructura sanitaria y la cooperación internacional no logran acompañar la velocidad con la que se propagan los brotes.