Es la mayor victoria en la historia del fútbol paraguayo. No hay exageraciones. Fue una resistencia heroica ante Alemania. Durante 120 minutos se dedicó a hacer lo que mejor sabe: defender con sacrificio y tenacidad. No cedió en su voluntad ni un solo minuto. Ni cuando Kai Havertz marcó el empate en el segundo tiempo de los 90 minutos reglamentarios. Ni cuando desperdició cuatro “match points” consecutivos en la tanda de penales. Por eso nadie puede decir que no lo merece, aunque su rival haya sido ampliamente superior. Al final, los números que quedarán en la historia son claros: 1 a 1 y 4 a 3 en la definición desde los doce pasos.
El primer tiempo no fue tan angustiante. Si bien Alemania tenía la pelota, no lograba generar demasiado peligro. La solidez de la línea de fondo paraguaya fue inquebrantable. Y, en una gran jugada iniciada por Miguel Almirón, Mathías Galarza Fonda envió un centro desde la derecha para el cabezazo goleador de Julio Enciso. La sorpresa fue mayúscula.
Así imaginaba Paraguay el desarrollo de la segunda mitad. Pero Alemania tenía otros planes. El equipo de Julian Nagelsmann salió decidido. Con Joshua Kimmich como estandarte por la derecha y empujado por su tradición competitiva, acorraló a su rival y lo golpeó como un boxeador que tiene a su adversario contra las cuerdas, obligado a cubrirse con los codos, los antebrazos y todo lo que pueda.
Con el correr de los minutos, Orlando Gill comenzó a convertirse en la gran figura del partido. Primero le sacó un cabezazo a Kai Havertz que parecía imposible. Después se puso la capa de héroe y atajó dos penales magistrales en la definición.
Las estadísticas estaban en su contra: 75 % de posesión, 21 remates y 16 tiros de esquina para Alemania. También pesaba la historia: los germanos nunca habían perdido una definición por penales en sus cuatro series anteriores. Pero siempre hay una primera vez. Y así fue como el Paraguay de Gustavo Alfaro escribió una de las páginas más gloriosas de su historia.



